LA LUZ DEL EQUIPO EL BRILLO DE VIVIENDAS

LA LUZ DEL EQUIPO EL BRILLO DE VIVIENDAS

Trabajar en Espurna es mucho más que un empleo: es formar parte de una gran familia donde cada día aprendemos, compartimos y crecemos junto a las personas que acompañamos.

cada jornada está llena de retos, alegrías y aprendizajes. Vemos cómo las personas ganan autonomía, toman decisiones y construyen su propio camino, y eso nos recuerda por qué elegimos este trabajo.

Ser parte de Espurna significa vivir nuestros valores: el respeto, la inclusión, el compromiso y la calidad humana. Es encontrar, en los pequeños momentos del día a día, la chispa que nos une y que da vida a todo lo que hacemos.

Una tarde en Llimera es realmente especial.

Enternece ver cómo Gálvez cuida y hace reír a Jésica Bolufer con sus gestos, palabras y con el apoyo que le presta ya que la hace sentir muy querida y está siempre muy pendiente si en alguna ocasión le falta algo.

Mientras que Pepe Hernández y Mari Luz se ayudan mutuamente con las tareas del hogar y con la colada, ya que si a él se le da mejor el doblar ropa, la ayuda, y en la mirada de ella se nota ese agradecimiento.

Los paseos, las compras y las vueltas por el centro  se vuelven el rato más especial del día, en esos momentos es donde aprovechan para hablar de sus trabajos, del taller de cada uno y de visualizar los próximos campas con ilusión y ganas de que lleguen pronto, ya que sus ojos brillan al expresarlo.

Por otra parte Rubén Boria es la alegría de la casa y siempre está dispuesto a cocinarles una rica cena con mucho amor y cariño, ya que cada día se supera y nos deleita con sus menús.

Juntos en conjunto se cuidan, conviven y finalmente siempre reina el amor que se tienen y el proyecto de crecer y avanzar día a día de la mano.

“LIBRE”, como una tarde cualquiera.

En la cocina de Caliu suena Nino Bravo. “Un beso y una flor…..” llena el aire, mientras Siby

corta verduras, Rafa Airos remueve la sartén y Miguel F prueba la salsa con una sonrisa.

El corazón se deja llevar por el ritmo.

Jesus F desafina de felicidad, mientras Ubaldo improvisa pasos y risas se mezclan con el

olor a cena casera.

Cada gesto es una nota, cada mirada, un acorde de complicidad.

No hay prisas, ni papeles que cumplir, solo el disfrute de estar juntos, de ayudarse sin que

nadie lo pida, de entender que la empatía también se cocina.

Cuando llega el momento de sentarse, Vte. Arnal y Vte roig sirven los platos humean, las

sonrisas brillan, y Nino sigue cantando de fondo: “Libre, como el sol cuando amanece…..”

Y así somos esta tarde: libres, felices y unidos.

Una chispa encendida entre la música, la comida y el cariño de sabernos equipo.

En una de las salidas de fin de semana, ya desde primera hora noté que estaba inquieto. Merodeaba de un lado a otro, con esa sensación de que está tramando algo y que todo le resulta incómodo. Se le veía nervioso y un poco fuera de control, como si nada terminara de encajarle.

Por un momento, al principio, empecé a llamarle la atención por su actitud, pero enseguida me di cuenta de que no era eso lo que necesitaba. Así que, mientras subíamos al coche, decidí recordarle y recordarme todo lo que hace bien y todo aquello que le hace ser tan especial.

Mientras conducía, empecé a hablarle con calma. Le recordé lo bien que dibuja. Le hablé de lo mucho que colabora en las tareas de la vivienda, de cómo siempre está dispuesto a ayudar y a asumir responsabilidades. Y también de lo ordenado que es, de ese cuidado que pone en mantener su espacio arreglado y que tanto facilita la convivencia.

Poco a poco, su expresión fue cambiando. Sus hombros bajaron y su respiración se volvió más tranquila, y aunque su rostro apenas es capaz de mostrar emoción alguna, algo en él se percibía distinto. Cuando le ofrecí un abrazo, se acercó sin dudarlo. Me sorprendió la duración de ese abrazo, tan lleno de significado.

A partir de ese momento, el día dio un giro. Participó más, se mostró alegre y volvió a conectar con esa parte suya que brilla cuando se siente valorado.

Mientras caminábamos después, pensé en cómo estos momentos reflejan la misión de Espurna: acompañar hacia la felicidad, la autonomía y la inclusión. Y también nuestra visión: que cada persona pueda sentirse protagonista de su propio crecimiento. A veces, ese crecimiento empieza así, recordándoles sus capacidades cuando ellos/as mismos/as no las ven.

Cada tarde, cuando llegamos a la vivienda, observo pequeños gestos que antes pasaban desapercibidos. Miguelon que hace unos meses dejaba su mochila en cualquier rincón, ahora entra, y la deja en su sitio. Después se quita la chaqueta y la cuelga en la percha con esa mezcla de orgullo y timidez de quien sabe que está dando un paso hacia su propia autonomía. A veces incluso verlo como pone la lavadora sin tanto apoyo verbal  él solo, como si fuera un triunfo compartido… y lo es.

En el polideportivo, la historia se repite con otro matiz. Cuando aparece un chico nuevo, el grupo se abre como si llevaran años esperándolo. Le explican las normas, lo animan, y si comete un error nadie se ríe ni lo juzga. Al contrario: se acercan, le hablan bajito, le cuentan cómo mejorar. Entre pases, carreras y risas, aprenden que el equipo no es solo jugar juntos, sino avanzar juntos.

Y mientras los veo crecer, descubro que ellos también me transforman. Me enseñan a parar, a mirar lo sencillo, a celebrar lo cotidiano. Con ellos, el presente deja de ser un lugar al que llego corriendo y se convierte en un espacio que se disfruta. En esos pequeños logros (la mochila en su sitio, la chaqueta colgada, un compañero nuevo que ya no se siente solo) encuentro mi propia forma de avanzar

Noche de cena especial en Trespol

Era jueves por la noche en Trespol, y la emoción estaba en el aire: era la noche de la cena especial. Los cinco chicos se preparaban para hacer sus famosas pizzas caseras. Miguelón, siempre con su «Chico,Chico», cortaba las verduras en grandes trozos, asegurándose de que todo tuviera un toque colorido.

Antonio, el que toma las riendas, guiaba al grupo sobre cómo hacer la masa y ajustar el horno. Su liderazgo brindaba confianza a todos, y sabían que estaban en buenas manos. Carregal, el más detallista, se encargaba de colocar los ingredientes sobre las pizzas con gran precisión, vigilando que todo estuviera en su punto.

Jesús, el “viejo gruñón”, no podía faltar, animando la noche con su música y sus bromas sobre si ya estaba lista la cena. Y por último, Pere, el apasionado de la comida, se dedicaba a poner la mesa y a alabar cada paso del proceso, haciendo que todos rieran con sus comentarios.

Esa noche, cada uno aportó su granito de arena, reflejando la misión de Espurna de ayudar a cada persona a encontrar su felicidad y autonomía. Juntos, vivieron la visión de ser protagonistas de su propio crecimiento, encarnando los valores de respeto, trabajo en equipo e inclusión. La chispa de su vida brilló intensamente, demostrando que juntos podían lograr cosas increíbles.



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